El pánico invisible – Curtis Garland

31 octubre 2017

—George, ¿por qué hiciste vaciar la sepultura de tu primo Duncan? —preguntó de repente—. ¿Te lo ordenó su hijo, acaso?

Algo ocurrió en George. Se irguió, asustado. Sus ojos se desorbitaron. Comenzó a temblar. Miraba en torno, como si el visitante no le importara. Otra vez aquel vago terror a lo desconocido, mencionado por el psiquiatra, asomaba a su rostro.

—No, no… —jadeó—. No puedo hablar… ¡No debo hablar! Nadie debe encontrar jamás al hijo de Duncan… Lo sé, Duncan, ¡lo juro! ¡No, no te acerques a mí! ¡No me pinches con alfileres! ¡No me toques, no me tortures más! ¡Duncan, por el amor de Dios! ¡Perdón, perdón! ¡Juro que me arrepiento! ¡Me arrepiento de haber reclamado tu cuerpo para quedarme con tus cosas! ¡No, Duncan, no! Déjame solo… ¡No oprimas mi cuello, no me asfixies, por el amor de Dios…!

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